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Pobre de la crítica que no despierte
pasiones y encontronazos: estará muerta.
Por su naturaleza y función, la crítica
artística y literaria vive en permanente
entredicho. En estos días, en los cuales
las protestas llegan antes que las
noticias, circulan nuevos
cuestionamientos que no competen ni
valen el detenimiento de esta columna,
pero sí una reflexión —breve y parcial
por apurada— sobre lo que podríamos
llamar el marco de formación del oficio.
Son palabras sabidas, mas siempre es
desafiante sintonizar las ideas
generales con las interrogantes de la
realidad y los tiempos.
En Cuba, las concepciones predominantes
en torno a la crítica teatral en las
últimas tres décadas, y de hecho la
praxis derivada de las mismas, están
estrechamente vinculadas a la existencia
de la carrera de Teatrología en la
Facultad de Artes Escénicas, hoy de Arte
Teatral, del Instituto Superior de Arte.
Figuras como Graziella Pogolotti,
reconocida crítico de arte y del propio
teatro, con la solidez de la formación
académica y el largo ejercicio docente
en el campo de la literatura; y Rine
Leal, estudioso y crítico del teatro
desde la perspectiva del periodismo,
juntaron sus experiencias para fundar
una carrera cuya efectividad, jamás
perfecta ni incuestionable, se constata
hace tiempo en la escena nacional.
Como he tenido el privilegio de estudiar
allí hace más de 20 años y luego
impartir clases en el Instituto Superior
de Arte (ISA) por tres lustros, puedo
dar mi visión sobre sus cardinales.
Nuestra enseñanza enfrenta el ejercicio
teatrológico como un proceso vivo de
desarrollo del pensamiento crítico,
centrándose en el teatro, mas no exento
de conexiones e interpelaciones hacia
todo el panorama artístico y social
tanto nacional como foráneo. Ese proceso
se basa en la exigencia continua de
interpretaciones y valoraciones por la
vía coloquial y la escrita, en el
espíritu de un taller con los pies en la
tierra y, al mismo tiempo, capaz de
subir a una atalaya para mirarlo, y
ojalá que “verlo”, todo. Parte del
reconocimiento de la subjetividad
inocultable del acto crítico, pero se
sustenta en la profundización científica
de todos los componentes que intervienen
en el acto teatro. No piensa el servicio
del teatrólogo con un solo destino, pues
en la polivalencia de su formación, el
estudiante se dota de armas para
ejercitarse más adelante como
investigador, especialista, profesor,
editor, asesor teatral o propiamente
crítico de teatro que, en definitiva, es
una parcela de lo que, en verdad, hay
que ser: un crítico cultural, que, por
dedicarse a un oficio más particular, se
especializa en el teatro, la danza u
otro segmento de las artes escénicas.
La insistencia en la escritura, aunque
no la creemos el non plus ultra
de la crítica —pues, como he dicho
arriba, esta puede realizarse de varios
modos y maneras—, sí es un vehículo muy
duradero por las posibilidades
"fijación" de la misma mediante la
publicación y ha permitido que el teatro
cubano cuente hoy con una crítica más
sistemática, atenta y sólida que otras
manifestaciones artísticas de la Isla,
aunque en los últimos tiempos no se
siguen los caminos de las artes
escénicas cubanas como estas lo merecen.
Tampoco se ha buscado nunca aislar al
estudiante del medio teatral concreto
que lo rodea. El espacio académico, con
sus objetivos y convenciones, no es, sin
embargo, un aséptico laboratorio
desligado del río de la vida. Desde muy
temprano en el transcurso de la carrera,
los alumnos están en permanente contacto
con lo que sucede sobre los escenarios.
La asistencia al teatro es cotidiana,
por supuesto, pero también la inmersión
en procesos de puestas en escena y en la
responsable participación en eventos a
lo largo del país, que los coloca ante
un conocimiento real y humano sobre su
primer horizonte: objeto de estudio,
futuro marco profesional y herencia
viva.
No enfrentamos el ejercicio del criterio
—esa útil definición horizontal y
dialógica de la crítica que nos legó
Martí—, con el afán de un acto “trascendentalista”,
como un juicio indiscutible, endiosado,
marcado por la Verdad Absoluta. Para
nosotros, en el ISA, es un ejercicio de
participación, parte del proceso creador
total en que se ve envuelto el teatro.
Importante mas no definitivo. Subjetivo
pero dotado de la objetividad del
conocimiento. Portador también de
verdad. Participante, siempre
participante en los destinos del arte
del teatro, sobre el que se hace la
crítica y al que se debe sin dejar de
cumplir su función. |