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Oscar del populismo, el morbo y la censura

Joel del Río • La Habana
 

El rasgo más nítido del empeño populista de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood ha sido la postulación de diez títulos en el rubro de mejor película de 2009. La amplitud de tal selección les resta el supuesto rigor a los resultados y les confiere un aire complaciente y demagógico, de querer quedar bien con todos, a un premio que siempre presumió de exclusividad. El hecho de nominar tantas películas en el apartado de la mejor del año no se conocía en el Oscar desde 1943, cuando fueron postulados diez títulos y se alzó triunfadora nada menos que Casablanca. Al paso del tiempo uno se sorprende que hayan encontrado nueve títulos para hacerle la competencia, al menos teóricamente.

La decena de filmes elegidos abarca a casi todos los géneros, con repunte en la ciencia ficción (Avatar, Distrito 9) y contribuyentes del drama bélico (The Hurt Locker), la fantasía histórica (Inglourious Basterds), el biopic deportivo (The Blind Side), el melodrama en variable romántica y social (An Education, Up in the Air, Precious: Based on the Novel Sapphire) y la comedia negra (A Serious Man) sin olvidar los animados, pues se tuvo muy en cuenta el taquillerazo en 3D titulado Up, creación de Pixar que se colocó como la segunda película de animación de la historia que alcanza la nominación como Mejor Película (después del clásico de Disney La Bella y la Bestia, de 1992) y que compite también, además, como Mejor Animación.

El Oscar ha decidido hacerle honores a su dorada cubierta. El dinero llama al dinero, y entre las diez mejores películas del año se alinean taquillerazos tan absolutos como Avatar (que ha destronado a Titanic en el podio del filme más taquillero de todos los tiempos), Up y The Blind Side junto a películas de éxito mucho más moderado; pero cuyos dividendos, luego de las nominaciones, se han visto duplicados o triplicados. La contienda principal en nueve categorías tiene lugar entre quienes favorezcan el mamut antiguerrerista y ecológico que es Avatar, o el canto a la heroicidad de un escuadrón de zapadores norteamericanos en la guerra de Iraq que muestra The Hurt Locker.

Los Oscar que gane Avatar le demostrarán al mundo entero que Hollywood está maquillándose de espíritu progresista —es un contrasentido demasiado grande pretender que creamos en el espíritu benefactor y ecuménico de una película cuyo presupuesto se elevó casi al medio millar de millones de dólares, y recauda varios centenares de millones en taquilla— con tantísimo progreso que pudiera haber en el mundo con solo un pequeño porcentaje de tales recaudaciones porque Avatar, al parecer, propone que los países desarrollados comprendan y acepten a los pobres, los humillados y ofendidos del universo y, además, cese la explotación de sus recursos y la destrucción de su medio ambiente.

Si la película no se hubiera traducido en negocio multimillonario, tal vez alguien pudiera creer en la inocencia y la buena fe de sus hacedores, pero grupos humanos similares a los Na´vi de piel azul existen por centenares en el mundo, y ninguno de ellos será beneficiado concretamente por las utilidades generadas por la exhibición de un filme que, eso sí, repletará de dinero los bolsillos de quienes rigen los grandes estudios productores, necesitados de poner en el ruedo proyectos en 3D digital cuya espectacularidad lleve al público a las salas, a pesar de la recesión económica.

En términos conceptuales, Avatar apenas presenta alguna idea original en su historia que no se haya visto desde mucho antes en el tema del choque entre culturas diferentes desde películas como Dance with Wolves, Jugando en los campos del Señor, La selva esmeralda y La princesa Mononoke, además de la saga literaria de John Carter (escrita por Edgar Rice Burroughs) y la leyenda de Pocahontas, todas ellas saqueadas sin misericordia para alimentar narrativamente el show virtual en tres dimensiones.

Y si El señor de los anillos, por lo menos en su tercera parte, consiguió acabar con la tradición de los escasos triunfos de las películas fantásticas en el Oscar, Avatar será la primera de ciencia ficción, concentrada en la eficacia de los efectos especiales, en obtener el respeto de la Academia, y de seguro iniciará una saga, pues según anuncia James Cameron la segunda parte podría titularse Na'vi y centrarse en el día a día del pueblo de piel azul tras haber expulsado a los humanos de su territorio. Así que si al final la Academia favorece The Hurt Locker, dirigida por la ex de James Cameron, este tendrá otras ocasiones de volver a gozar del Oscar principal, que ya conoce desde los tiempos de Titanic cuando gritó en la ceremonia que se sentía el rey del mundo, imitando a Leonardo Di Caprio en la mencionada película. Y de seguro continuará sentado en el trono de mago del entretenimiento, pues nadie puede discutirle a Avatar su carácter de agresiva espectacularidad e hipnótico entretenimiento.

Si gana en su categoría la deslumbrante animación llamada Up, y es más que probable que lo logre, conseguiría así el tercer Oscar consecutivo a la Pixar, pues también se hicieron de una estatuilla, en el renglón de mejor animación del año, Wall-E (2008) y Ratatouille (2007). Las tres figuraron no solo entre las películas más vistas de sus respectivos años de producción, sino también de la década. De modo que una vez más la estatuilla suscribe la adhesión al gusto estandarizado y mayoritario porque las nominaciones de este año decidieron consagrarse mayormente a la celebración de películas muy taquilleras, y cuando abandonan semejante tendencia, apuestan por valores de una solidez que elude todo riesgo o emergencia novedosa.

Meryl Streep tal vez se aburra alguna vez de verse nominada todos los años. Ya rompió su propio récord como la actriz más veces postulada de la historia de los Oscar. Con 16 candidaturas, Streep sobrepasó las “marcas” de Katharine Hepburn y Jack Nicholson, cada uno con 12 candidaturas. Por supuesto, la prensa facilista y el público ingenuo disponen de aval suficiente para garantizar que la Streep es la más grande actriz que ha retratado una cámara de cine porque aquello de ser nominada en 16 ocasiones no admite argumentos en contra.

Hubo décadas cuando el premio se desmarcaba del respaldo a las películas más populares, en particular, las de ciencia ficción. De este género solo fueron nominadas entre las mejores del año ET the Extra-Terrestrial (1982) y Star Wars (1977) y ninguna de las dos ganó ese apartado, pues la primera perdió ante la solemnidad historicista de Ghandi, y la segunda tuvo que ceder al empuje de Woody Allen con la clásica Annie Hall. Pero este año la Academia insinúa con toda claridad que pretende favorecer el futurismo concienciado y ecologista de Avatar y la parafernalia alienígena de Distrito 9 (mejor filme, guión adaptado, edición y efectos especiales) y la parafernalia intergaláctica de Star Trek (mejor maquillaje, efectos especiales y sonido).

Para tratar de demostrar que el Oscar se está renovando, y junto con él las filas de la Academia, los medios reiteran constantemente la información respecto a que 12 de los 20 nominados en las categorías de actuación reciben este año su primera nominación, porque hay candidatos (George Clooney, Morgan Freeman, Penélope Cruz, Helen Mirren y Meryl Streep) que ya ganaron alguna vez, mientras que otros fueron desdeñados, hasta ahora, por el Oscar. Habría que ser extremadamente ignorante o creer que el Oscar es, de veras, la medida de todas las cosas en el cine para catalogar como novatos a Christopher Plummer o Stanley Tucci, ambos debutantes solo en la carrera por el premio pero con largas y notables carreras.

El gremio de actores (el más influyente de la Academia) ha mirado con recelo el estímulo a la alternativa digital que significa Avatar por encima del actor de carne y hueso, expresión y espíritu. Por ello, el Sindicato de actores ha distinguido a Inglourious Basterds como la película con el mejor reparto del año (el equivalente a mejor película) y en el reparto de estatuillas es seguro que se le conceda a Christoph Waltz, el delirante oficial de la Gestapo, cuyo galardón será cualquier cosa menos sorpresivo. Tuvo la suerte de que un director conocido mundialmente como Tarantino, lo colocara al centro de una película ampliamente difundida. Pero el talento de Waltz había brillado en innumerables series de televisión y obras de teatro en su Austria natal.

Otro síntoma de renovación apunta, según remarca la catarata informativa que año tras año genera la entrega de la estatuilla, a las nueve nominaciones alcanzadas por el drama bélico sobre la guerra de Iraq The Hurt Locker, incluido el renglón de mejor dirección para Kathryn Bigelow, quien viene a ser la cuarta mujer nominada en la categoría de Mejor Director en las 82 entregas anteriores del Oscar. La precedieron la italiana Lina Wertmuller por Pasqualino Settebelleze, en 1977, Jane Campion por The Piano en 1993, y Sofia Coppola por Lost in Translation en 2003. Jamás fueron tenidas en cuenta la francesa Agnes Varda, la española Pilar Miró, la alemana Margarette Von Trotta y mucho menos la argentina María Luisa Bemberg.

Bigelow es la favorita para ganar el Oscar como director (se alzó triunfadora de la Asociación de Directores de EE.UU., constituido en parte por los mismos votantes de la Academia, además de ganar los premios del gremio de guionistas y del sindicato de productores), y probablemente constituya la alegría de muchísimas mujeres en el mundo cuando desbanque a sus cuatro colegas varones, principalmente a su ex, el todopoderoso James Cameron, con quien estuvo casada brevemente entre 1989 y 1991. Pero si Avatar padece la maldición que pesa en el Oscar contra las películas entretenidas y de ciencia ficción, The Hurt Locker es víctima del desdén que provoca en la prensa y el público las películas sobre la guerra de Iraq, un tema que la mayor parte de los espectadores norteamericanos prefiere ignorar.

Entre los acontecimientos infrecuentes de este año se cuenta la nominación, por el mismo premio (mejor película de habla no inglesa), de la peruana La teta asustada, de Claudia Llosa, y la argentina El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella. Semejante acontecimiento ha dado lugar a una ola de comentarios en la prensa de habla hispana respecto a la reanimación del cine latinoamericano, puesto que si el Oscar es la medida de los mayores méritos y hay dos películas nominadas procedentes de esta región, pues no queda otra cosa que confirmar lo bien que marchan nuestras cinematografías. Así de pronto, de un día para el otro, y sin demasiados indicios a favor como no sea que el Oscar se dignó mirar al sur.

Además, no es la primera vez que coinciden en ese rubro varias películas procedentes de naciones de Iberoamérica, y nunca se le ocurrió a alguien que tal coincidencia, típica de los albures y casualidades que rigen los votos de la Academia, fuera síntoma indudable de creatividad en nuestros ámbitos cinematográficos. En 1962, compartieron similar candidatura la cinta mexicana Tlayucan, de Luis Alcoriza y la brasileña O pagador de promesas, de Anselmo Duarte, y en 1998 compitieron la brasileña Estación central, de Walter Salles, la argentina Tango, dirigida por el español Carlos Saura y la española El abuelo, de José Luis Garci.

Y no se trata de valorar hipercríticamente incluso el triunfo, siempre estimulante, de las películas latinoamericanas en Norteamérica. Lo molesto, injusto y tendencioso es que se divulgue el auge o la crisis de nuestras cinematografías solo cuando el Oscar las reconoce, como si los países del Sur estuviéramos predestinados a desempeñar el papel de indígenas que aguardan eternamente por que la “civilización” los descubra, los reconozca o los valide. Muy pocos discuten que La teta asustada y El secreto de sus ojos son dos películas formidables, justamente reconocidas en los festivales de Berlín y La Habana, o por el premio Goya, pero también se anuncia que ambas cederán al impacto arrasador de la película austriaca Cinta blanca, de Michael Haneke, un director mucho más ubicado en el carril de satisfacer el gusto norteamericano cuando le parezca preciso.

De todas formas el Oscar que se otorga al cine extranjero es uno de los que genera menos expectativas del público global, más allá del país de donde provenga la película. El cine argentino ha sido nominado en cinco ocasiones anteriores (El hijo de la novia en 2001, Tango en 1998, La historia oficial, que ganó en 1985, Camila en 1984 y La tregua en 1974) mientras que Perú debuta en la competencia por el añorado premio. En realidad se sabe que la mayor parte de los televidentes de la ceremonia están mucho más atentos a la trapería y la pasarela, a la cara que pondrá Cameron cuando gane su ex, o a la de ella cuando triunfe el macroespectáculo intergaláctico por encima de la dura realidad de la guerra en Iraq.

La directora peruana Claudia Llosa (La teta asustada) contó desde su blog en el diario El País que, haciendo divulgación por su película, en EE.UU. le prohibieron decir la palabra “teta” en televisión, y tuvo que hacer unas 15 entrevistas sin mencionar el título original en español y aludiendo a la película, cuando más, con el pudoroso título que le colocaron en inglés: The Milk of Sorrow.

Además del pequeño incidente con la mención de la teta en televisión, hubo un pequeño escándalo cuando se supo que Nicolás Cartier, uno de los productores de The Hurt Locker, pidió a los miembros de la Academia, por correo electrónico, que votaran por su pequeño proyecto “frente a una película de 500 millones de dólares”. La Academia prohíbe rigurosamente cualquier tipo de presión a sus miembros, de modo que Cartier tiene prohibida la entrada a la ceremonia de entrega de las estatuillas. Y al comediante Sacha Baron Cohen le impidieron realizar una parodia de Avatar como lo tenía planeado porque al productor de la ceremonia, Bill Mechanic, le preocupaba que a James Cameron le ofendiera la broma, al punto de abandonar el recinto durante la transmisión en vivo de la ceremonia.

Sabido es que el director de Avatar carece de sentido del humor y por completo de espíritu autocrítico. Todavía se recuerda su ofensiva polémica con un importante crítico norteamericano quien expresó, en términos absolutamente respetuosos, su desdén por Titanic. Y a los organizadores les resultaba muy fácil decidir a quién complacer entre el ego de Cameron y las bromas irreverentes de Baron Cohen.

También hay que decir algo sobre el muchísimo morbo que alientan millones de espectadores para ver la ceremonia donde se va a decidir quién gana el Oscar a los mejores intérpretes protagonistas. ¿Con qué talante lo recibirán los perdedores? ¿Premiarán por tercera vez a la archirreconocida Streep por Julie and Julia o se preferirá recompensar la resurrección dramático-histriónica de Sandra Bullock? ¿Preferirán recompensar el esfuerzo del casi olvidado Jeff Bridges o la inoxidable profesionalidad de Morgan Freeman, espléndido en el biopic Invictus, sobre Nelson Mandela? 

De tales morbos, incoherencias y bagatelas se alimenta el Oscar y sus millones de espectadores. Es la mejor ocasión para refrendar el costado más frívolo de cada televidente en cerca de 200 países. Lo increíble es que alguien lo tome como termómetro o medidor de calidades y talentos. Lo casi risible es que alguien lo considere el añadido ennoblecedor y prestigioso de alguna película o creador.

 

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