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En el aeropuerto de Barajas, a punto de
regresar a mi Habana, me saluda un
hombre serio y casi corpulento que
parece acercarse, con ligereza y
dignidad, a los 60 años. Me dice que fue
mi maestro y me pide que adivine quién
es. Cuando estoy a punto de aferrarme a
una pista a través del gesto y la voz,
me confiesa que se trata de Iván, mi
profesor de Educación Física en los
años, ya lejanos, de los estudios de
Secundaria Básica.
Iván fue de los introductores del amor
al deporte y en especial al Voleibol en
nuestra humilde comarca. Le recuerdo un
partido entre los de Falla —pueblo más
proletario y azucarero— y la escuela de
nuestro Tamarindo. Los visitantes
jugaban con más técnica y estilo, pero
mis compañeros de estudios, comandados
por el profesor Juan Rodolfo, les dieron
partido.
Poco después Iván se mudó para el
espléndido valle tamarindero y entre
nosotros enseñó, hizo amigos y hasta
encontró el amor. Me recordaba ahora que
los resultados deportivos eran óptimos
en la categoría de 13-14 años, pero
después la competencia se tornaba cruda.
Como en nuestra zona casi todos somos
descendientes de canarios o de otras
regiones de España, la raza blanca
predominaba de manera casi total. No era
fácil superar a los de otros municipios
en que la mezcla racial solía propiciar
mayor talla y consistencia física.
A muchos pies de altura recordamos
nombres y certezas. Mi antiguo profesor
fue de los primeros en apoyar a la
selección cubana de pelota, cuando un
torneo en Barcelona que apenas encontró
eco en la prensa o la población
española. Evocamos otros profesores que
marcaron época y torneos deportivos
amenazados por el olvido. Vuelo hacia La
Habana bañado en nostalgia. |