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La Habana
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Thomas Merton

Maestro de espiritualidad en medio de los hombres

Roberto Méndez Martínez • La Habana

 

Thomas Merton (Prades, Francia, 1915- Bangkok, Tailandia, 1968) es, sin lugar a duda, una de las figuras más notables e influyentes del siglo XX. Difícilmente lo hubiera creído aquel adolescente que sigue a su padre en los vagabundeos que pasaban por las más disímiles coordenadas: Inglaterra, Francia, Islas Bermudas, EE.UU.; tampoco el joven que en 1934, ya solo en el mundo, se va a la Columbia University a estudiar Lenguas, Literatura, Derecho y alterna los empleos de dibujante de publicidad, intérprete, maestro y hasta músico de teatro, para poder sobrevivir. Aquellos días anunciaban que a la existencia del bohemio sucedería la amargura del marginado. Pero él tenía ansias de algo más trascendente.

Cuentan que la primera misa a la que asistió, en una humilde iglesia de Harlem, lo dejó más inquieto y desconcertado, pero ahí se inició un camino que lo llevaría a recibir el bautismo católico el 16 de noviembre de 1938. Para otro quizá hubiera sido el fin de sus búsquedas, para él, apenas era el comienzo. En 1940 llegaría a Cuba, en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de la Caridad en el Cobre. Busca acá la iluminación. No quiere ser un cristiano rutinario ni un hombre simplemente piadoso, desea cambiar muchas cosas en sí porque también quiere modificar las circunstancias del mal en el mundo.

Es el retiro espiritual en el que participa en la abadía trapense de Getsemaní en Kentucky, en la Semana Santa de 1941, el que cambia definitivamente su vida. En diciembre de ese año sería aceptado allí como novicio. Hasta su nombre cambia. A partir de entonces será el Hermano Louis.

Su descubrimiento de la fuerza del amor lo lleva a hacer verdaderos milagros. Cuando publica en 1948 su autobiografía espiritual en los EE.UU., bajo el título La montaña de los siete círculos, logra vender más de 600 000 ejemplares, a pesar de que el New York Times lo había excluido de la lista de best sellers potenciales. Los entendidos llegaron a comparar el volumen con Las confesiones, de San Agustín.

Merton descubrió en su interior el ansia de ser un ermitaño para vivir su camino espiritual; pero a la vez, supo que debía darse a los otros y de hecho, en cada año que transcurría se iba volcando cada vez más hacia a los más urgentes problemas sociales: las campañas contra las guerras imperialistas, la defensa de los derechos civiles, las preocupaciones ecológicas. Su epistolario da fe del alcance de esas luchas. Escribe sin fatigarse: sus interlocutores son intelectuales como los poetas Ernesto Cardenal, Boris Pasternak, Czeslaw Milosz, o líderes religiosos como el rabino Abraham Heschel, el budista Zen Suzuki y hasta los papas Juan XXIII y Pablo VI, lo mismo que interpela a los presidentes norteamericanos John F. Kennedy y Lyndon B. Jonson. Esto no impide su labor como traductor al inglés de muchos de los textos legados por los monjes del Medioevo o escribir libros originales y de una rara belleza como Pan en el desierto dedicado al sentido y alcance de los salmos bíblicos.

Su huella en Cuba no fue dilatada pero sí profunda. Aunque su visita en 1940 pasó prácticamente inadvertida, el 31 de julio de 1949, Emilio Ballagas, ante los micrófonos de la Universidad del Aire, lee una traducción de su “Canción para Nuestra Señora del Cobre” dentro de la conferencia “La poesía de vanguardia”. Años después, varios de los miembros del grupo Orígenes: Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego y Octavio Smith intercambian textos y misivas con él, que serán decisivas para hacer crecer su fe cristiana en un país que acaba de declararse socialista.

Aquel que había escrito: “Encontramos a Dios cuando somos solidarios con los demás y no cuando intentamos huir del mundo” intentaba hacer una gran coalición espiritual, acercar a los creyentes de todas las religiones para que la fuerza de su buena voluntad echara fuera el egoísmo y el pragmatismo. Con ese propósito partió hacia el Asia en 1968. Se reunió con islámicos, budistas, hinduistas, así como con monjes católicos de comunidades orientales. Un accidente absurdo lo privó de la vida: se quedó en una cabaña próxima a Bangkok, Tailandia, y al intentar emplear su máquina de afeitar eléctrica, se produjo un cortocircuito y murió abrasado. Contaba con 53 años y habían pasado 27 desde que entrara al monasterio. Podrían servirle de epitafio los versos finales de su canto elegíaco de “El cementerio trapense. Gethsemaní”:

Entonces tus sepulcros, Gethsemaní, devolverán sus ángeles,

Retornarán a sus almas para aprender

Los himnos y los gestos de la gloria.

Entonces la creación renacerá como oro puro

Desde los hornos de sus letanías,

Bestias y árboles compartirán vuestra resurrección

¡Y un mundo nuevo se levantará desde estas verdes tumbas! 

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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